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DEJAR QUE LA PALABRA VAYA CALANDO, INCLUSO COMO UN MANTRA…. NO ES NECESARIO DISCURRIR SOBRE ELLA

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«Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.», ‭‭Deuteronomio‬ ‭6:6-9‬ ‭RVR1960

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No es un modelo de última generación, no es una receta para el éxito, no es una técnica, no es la última novedad del mercado. Tampoco es una píldora para el bienestar personal o para combatir el estrés, o para obtener éxito profesional.
Es algo sumamente simple. Requiere únicamente quietud y silenciamiento. La meditación tiene una larga historia. Es una destilación de la esencia de la experiencia del hesicasmo (hesychía: tranquilidad o paz) de los primeros Padres y Madres del desierto egipcio y sirio de los s. III y IV, traducida a Occidente por Juan Casiano y mantenida principalmente a través de la Regla de San Benito (s. VI). En realidad tiene su origen en la invitación de Jesús de Nazaret en el Sermón de la Montaña:
Cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Abba que está escondido; y tu Abba, que ve en lo secreto, te recompensará.
(Mt. 6,6)
El camino de la meditación es acogido por la espiritualidad contemplativa inglesa del s. XIV en La Nube del No Saber y practicado hasta la excelencia por Juan de la Cruz y Teresa de Jesús. Hasta el s. XVI es considerado un camino para ser transitado por cualquier cristiano. Posteriormente, en previsión de “excesos, posibles excentricidades o abusos”, queda relegado a expertos y selectos.
En los años setenta-ochenta del siglo pasado, el monje benedictino John Main (1926-1982), y Thomas Keating (1923), monje cisterciense, por caminos muy paralelos, consideraron que era momento de que el camino de la contemplación saliera del armario y se hiciera accesible a toda persona sincera.
Amigos del desierto, una red abierta de meditadores cristianos y no cristianos, iniciada por Pablo d’Ors, interesados en profundizar y difundir la experiencia del silencio y la quietud, se siente heredera de los Padres del desierto y del hesicasmo. Concretamente sigue la estela de John Main y Franz Jalics.
¿Cómo podemos encontrar el camino que nos lleve a la experiencia cristiana esencial? -se pregunta J. Main- en Una palabra hecha camino. Meditación y silencio interior. Su propuesta es diáfana: a través del camino de la meditación. Nada de autocomplacencia, nada de solipsismo, de nada se huye, ninguna búsqueda de estados alterados de la mente.

Se trata de iniciar el viaje más definitivo de todo ser humano, el viaje a nuestro centro más profundo e íntimo. ¿Cómo?: mediante el silenciamiento y la quietud. Es ahí, más allá de los conceptos y de las imágenes construidas, donde está nuestro verdadero yo. Fue una de las experiencias nucleares de los eremitas del desierto: encuéntrate a ti y encontrarás a Dios, encuentra a Dios y te encontrarás contigo mismo. Sólo desde la inocencia primordial somos auténticos, sólo desde ese espacio interior puede construirse la auténtica paz y las relaciones verdaderas.
Aquietar y silenciar. Esta es la única actividad necesaria. De esto trata la meditación, de ponerse en presencia de Aquel que es. Basta con estar sin más en su presencia. Entonces somos plenamente la persona que Dios quiso que fuéramos cuando nos creó. ¿Por qué merece la pena meditar? Creo que, en última instancia, –dice Main- todos contestamos lo siguiente: en distintos momentos de nuestra vida, hemos querido comprometernos con la verdad, comprometernos con Dios. La meditación responde a esta necesidad.
¿Cómo puedo meditar? Para aprender a meditar hemos de aprender a estar en profundo silencio. La meditación es un concepto muy simple. No hay nada complicado ni esotérico al respecto. En esencia, meditar consiste simplemente en estar en calma en el centro de tu ser. Conocer a Dios, crecer y estar en calma son experiencias que se producen en el centro de tu ser. El camino que seguimos comienza por sentarnos completamente quietos (lo cual no significa “inactivos”). Lo segundo es aprender a decir la palabra, con la que meditamos, nuestro mantra, con total atención, es decir, aprender a aquietarnos a nivel mental. La calma y el mantra son los dos elementos esenciales de nuestra meditación. Esta es la sencillez absoluta.
¿Cuál es el sentido del mantra? John Main lo aprendió de su maestro hindú. El maestro que me enseñó a meditar –dice- me lo presentó con claridad meridiana. Su enseñanza se resumía en tres palabras: recita tu mantra. Decir el mantra es lo primero que tenemos que entender. Puede llevarte –sigue afirmando Main- cinco o diez años comprender la importancia de recitar el mantra desde el comienzo hasta el final, sin cesar. Lo esencial del mantra (Palabra Sagrada lo llama T. Keating) es conducirte al silencio. No se trata, por supuesto, de una palabra mágica. No tiene propiedades esotéricas ni nada parecido. Es sencillamente una palabra sagrada en nuestra tradición, como Maranatha, Abbá, Amor, Jesús, … Busca tu mantra, aquel con el que te sientas cómodo. A la sencillez se entra por la puerta de la práctica. Nuestra práctica consiste en la recitación del mantra. Repetirlo con claridad, con atención. Si puedes, inhálalo y exhálalo en silencio. Recítalo desde el principio hasta el final. No te pongas a analizarlo, no analices lo que estás haciendo. No pienses en lo que estás haciendo; antes bien, sé uno con lo que estás haciendo.
¿Por qué el mantra? La experiencia inmediata del meditador es constatar el constante ruido interior que nos posee. Este incesante ruido puede personificarse en los pensamientos. Pero “pensamiento” es cualquier percepción, bien sean recuerdos, planes, visualizaciones, imágenes, sensaciones externas o internas, sentimientos o auto reflexiones, cualquier tipo de reflexión, … El mantra es como un faro que guía nuestro rumbo, así que debemos fijar nuestra atención en él. Si desviamos nuestra atención del mantra, hacia los “pensamientos”, estamos perdidos. Regresamos al narcisismo, a la obsesión por nosotros mismos. Es extraordinariamente sencillo. Así pues –repite una y otra vez Main- insisto en la importancia de decir la palabra. No pienses en Dios, no pienses en ti mismo. No analices a Dios, no te analices a ti mismo. Guarda silencio. Permanece quieto y estate con él, en su presencia.
El mantra es como la aguja de la brújula. Te orienta siempre hacia tu destino. Apunta en la dirección que debes seguir, lejos de ti mismo hacia Dios, y cuando tu ego te lleve por otros derroteros, la brújula seguirá indicándote fielmente la buena dirección. El mantra, si lo dices con generosidad, fidelidad y amor, siempre te señalará la dirección hacia Dios, y es solo en él donde se revela nuestro verdadero sentido.
¿Cómo comienzo? Cuando comiences a meditar, cuanto menos pienses en Dios, cuanto menos hables de Dios, mejor. Permanece abierto sin condiciones a su don, el cual consiste en tu ser persona. Un aspecto muy importante de la disciplina es aprender a sentarse completamente quieto. Te entrarán ganas de moverte, o de rascarte la nariz, o de abrir los ojos, pero al sentarte quieto estás dando un paso muy importante en este camino que te aleja del egoísmo, de la obsesión por ti mismo. Para meditar tan solo necesitas unas pocas indicaciones. Debes estar quieto. En las primeras semanas has de aprender a sentarte absolutamente quieto como primer paso para estar en completa calma. Una vez sentado y aquietado tanto como puedas, comienza a decir tu mantra sin cesar, continuamente, acompañando la respiración.
La doctrina básica de la meditación se condensa en esta breve frase: di tu mantra. No te molestes en pensar en su significado. Tampoco pienses en Dios. De hecho, no pienses en nada. Di tu palabra, recítala y escúchala. Lo único que necesitas saber es que resulta fundamental que recites tu mantra todos los días de tu vida, por la mañana y por la tarde. Necesitamos dedicar veinte minutos cada mañana y cada tarde (media hora si puede ser) a estar quietos, a ser sencillos y a “descansar en el Señor”, como decían los primitivos monjes.
Recuerda, la meditación no consiste en hacer que suceda algo –a ti o al cosmos-. Todo ha sucedido ya. Si adoptamos una actitud receptiva y de disponibilidad, todo lo demás se nos dará. Más allá de esto, todo es don. Lo que necesitamos es estar ahí. Y la meditación es una forma sencilla de estar ahí.
La meditación no es una técnica. Es un camino. Es el camino que es Cristo. Es el camino que lleva a un estado pleno de ser. Al meditar, aprendemos a estar plenamente alerta, a aceptarnos por completo, a amarnos a nosotros mismos y a tomar conciencia de que estamos enraizados y cimentados en la realidad absoluta que llamamos Dios.
Finalmente. Es preciso meditar todos los días. Se trata de adquirir una disciplina orientada no a lograr un beneficio personal, sino sencillamente a ser. Sé fiel, sé paciente, y busca un tiempo. Acepta el reto de meditar durante media hora –eso sería lo ideal- o al menos durante veinte minutos, cada mañana y cada tarde de tu vida. Es un tiempo de pobreza, de silencio, de olvido de sí, no un momento para analizarnos, para reflexionar sobre nuestras motivaciones o para determinar si somos virtuosos o pecadores.
La meditación es el itinerario que nos lleva, más allá de nuestra existencia, a nuestro ser. A nuestro ser singular. Es el camino que nos conduce al núcleo esencial de qué y quiénes somos. Cuando llevas un tiempo practicando la meditación -asegura Main-, descubres que meditar es lo más natural y obvio que se puede hacer. Meditamos porque sabemos con certeza que hemos de atravesar y transcender nuestra esterilidad. Debemos ir más allá de un sistema cerrado, de una mente que no hace más que mirarse a sí misma. Cada vez tenemos más claro que hemos de pasar del aislamiento al amor. La conciencia personal da paso a la verdadera conciencia. Empezamos a conocer lo que existe más allá de nuestros limitados horizontes, lo que es, lo que Dios es: descubrimos que Dios es Amor.
No dedicamos media hora por la mañana y media hora por la tarde a buscar “un poco de religión” o a cultivar la espiritualidad como parte de un programa para mejorar la salud, o para mejorar nuestra imagen. Más bien, mediante esos ratos de media hora pretendemos vivir la eternidad. Tratamos de dejar a un lado todo lo que es transitorio y vivir en la eternidad de Dios. Adentrarnos en nuestra propia identidad personal significa sumergirnos en Dios. Esta es la vocación que cada uno de nosotros ha recibido: conocerse en Dios.
Más allá del camino, de la quietud y el silenciamiento, todo es don. Nada es conquista ni trofeo por el esfuerzo propio. Lo único que se nos pide es absolutamente sencillo: recita tu mantra, todos los días, por la mañana y por la tarde. DV.

Pablo D´Ors, Amigos del Desierto

 

ELIAS CANETTI: LA CONSCIENCIA DE LAS PALABRAS

Borges señaló que los clásicos presuponen “un previo fervor y una misteriosa lealtad”, pero Reich-Ranicki objetó que ningún libro debe disfrutar de la consideración de “monumento protegido”. No hay ningún autor sin páginas banales o prescindibles. Canetti no es una excepción, pero incluso cuando nos importuna o desagrada, advertimos su capacidad de seducir, con una prosa donde se advierte “la respiración” de los grandes creadores. El quinto y último volumen de las Obras Completas de Elias Canetti (Rutschuk, Bulgaria, 1905-Zúrich, 1994) incluye su teatro, una colección de ensayos agrupados bajo el título La conciencia de las palabras, artículos, discursos, una docena de entrevistas y un extenso aparato de notas. Al igual que en las entregas anteriores, Juan José del Solar ha realizado un trabajo meticuloso y de enorme rigor. El lector español podrá acceder por primera vez a textos que hasta ahora no se habían traducido. Ninguna traducción es definitiva, pero indudablemente nos encontramos ante una edición difícilmente superable, que servirá de referencia ineludible durante mucho tiempo.
Las casi mil páginas de esta miscelánea nos proporcionan una perspectiva completa del universo de Elias Canetti, con sus aciertos e insuficiencias. Canetti es profundo, incisivo, tenaz. Sus reflexiones reflejan un enorme caudal de lecturas, con una especial predilección por lo mitológico y etnográfico, pero no obedecen a ningún propósito sistemático o metodológico. Su interpretación de la política y la historia responde a un minucioso y personalísimo estudio sobre la lógica poder y el papel de las masas, los dos polos de una trama donde la muerte no es lo ocasional, sino el “hecho primero y más antiguo”. Canetti no actúa como un científico, sino como un literato con grandes intuiciones y raptos visionarios. Sus conclusiones son originales, brillantes y discutibles. Son el fruto de una subjetividad radical, que percibe una indisoluble connivencia entre la muerte y la voluntad de poder. El verdadero sentido del poder “es el deseo intenso de sobrevivir a grandes masas de hombres”. Ese deseo contiene la semilla de su propia destrucción, pues el tirano siempre aspira a ser “el último hombre”, el superviviente de una orgía de violencia donde cada muerte contribuye al incremento de su poder. En las islas Fidji, el poder se mide por la cantidad de enemigos abatidos. En la era de la bomba atómica, el poder nos sitúa al borde de la extinción de la vida humana, pues “el último hombre” ya no es un testigo, sino el umbral de un absoluto negativo. Canetti esgrime el razonamiento de su admirado Karl Kraus: “las guerras son absurdas tanto para los vencedores como para los vencidos”. Su “irrevocable proscripción sólo es una cuestión de tiempo”. Sin embargo, Canetti admite que Kraus le enseñó que “los hombres se hablan unos a otros, pero no se entienden”. Si eso es así, el nihilismo se perfila como un argumento mucho más convincente que un pacifismo de corte racional, historicista o humanista.

Canetti nunca produce indiferencia. Sentencioso, áspero y egocéntrico, su teatro refleja la contienda de un yo desmesurado contra un mundo grotesco y cruel. Sería inútil buscar un ápice de indulgencia hacia las debilidades humanas. Su breve obra teatral (La boda, 1932; Comedia de la vanidad, 1933 y Los emplazados, 1952) combina el fatalismo de la tragedia griega con la fiereza del teatro de la crueldad. Influida por la pieza homónima de Bertolt Brecht, La boda es una despiadada comedia ambientada en un edificio de inquilinos de la pequeña burguesía vienesa. La ambición de los personajes, que carecen de cualquier escrúpulo moral, desemboca en una hecatombe. El hundimiento del edificio prefigura los escenarios de destrucción de la Segunda Guerra Mundial, donde los diferentes totalitarismos transformarán las masas en su principal recurso simbólico y político. En su breve ensayo sobre las Memorias de Albert Speer, Canetti señala que Hitler siempre pensó en términos de masa: los millones de muertos de la Gran Guerra como capital histórico; las concentraciones multitudinarias como referencia absoluta de un espacio arquitectónico “abierto y en crecimiento”; la Shoah como evidencia de un poder ilimitado; la inmolación del pueblo alemán como la expiación de un fracaso. Su visión del género humano contrasta con la del doctor Hachiya, que en su Diario de Hiroshima prodiga ternura y responsabilidad, negándose a despersonalizar a las víctimas. “Piensa en ellos como personas –observa Canetti-. […] Cada persona que haya vivido tiene importancia ante sus ojos”. La ética empieza donde acaba la masa. El hombre-masa no es el hombre común que se rebela contra las élites, sino el hombre instrumentalizado por el poder hasta el extremo de aniquilar su libertad e identidad.

Canetti no es un reformador ni un revolucionario. Sólo se reconoce como escritor y el escritor “nunca llega hasta el final con nada; siempre lo inquieta la misma cosa, de principio a fin. Siempre le da vueltas, la parafrasea, la recorre a pasos diferentes. Nunca la agota, y tampoco la hubiera agotado de vivir el doble”. En el “Diálogo con el interlocutor cruel”, Canetti enumera sus obsesiones: “el progreso, el retroceso, la duda, el desasosiego, la embriaguez, […], el enigma de la metamorfosis, […], todos los dramas y mitos que aún son de verdad”, la lucha por la vida, la naturaleza del bien, Dios y, sobre todo, la muerte, “con su falso brillo y fascinación”. Sin pudor, incluye en su lista “el orgullo”, una pasión que admite idolatrar y “los celos, mi forma lúdica y privada del poder”. Aunque en otro lugar cita a Confucio y su pretensión de ejemplaridad, Canetti no pretende ser la conciencia del mundo. Su preocupación esencial son las palabras o, más exactamente, “el ahondar de la palabra en busca de su responsabilidad”. El escritor trafica con las palabras. En cierto sentido, es un “malhechor de las palabras, [pero] comete sus fechorías por amor”. Su deseo de “vivir experiencias ajenas desde dentro” surge de su capacidad para la metamorfosis y su disposición a escuchar. No se trata de una tarea científica, sino de un procedimiento de apertura y absorción que implica un desorden necesario. “El escritor está más próximo al mundo si lleva en su interior un caos”. La escritura alcanza su meta cuando surge el mito, con su carga de universalidad y misericordia. En ese momento, el yo y el nosotros convergen, rescatando a la humanidad de los brazos de la muerte. Es una victoria efímera, pero que constituye la única excelencia posible.

Canetti no es un escritor conformista o desesperanzado. De hecho, su literatura nace de una rebelión fáustica contra la muerte: “Para mí, la vida empieza por no querer saber nada de la muerte; por no darle cabida”, afirma en su entrevista con Uwe Schweikert. “No basta con pretender aplazarla, hay que decir, sencillamente, que es una injusticia y no debería existir”. La muerte no se olvidó de Canetti, pero su literatura ha perdurado como una poderosa síntesis del poder evocador de la memoria, la inmediatez del presente y la ansiedad ante el porvenir. Son las virtudes que aparecen sucesivamente en Proust, Joyce y Kafka. Al comentar la obra de Hermann Broch, Canetti afirmó que “su vicio era la respiración”, una forma de apropiarse del mundo que pretende explorarlo y explicarlo como totalidad. No es una mala forma de describir su propia obra. Su literatura nunca ocultó su enorme ambición. Tal vez por eso siempre se percibió a sí misma como un proyecto inacabado. Esa insatisfacción sólo es una prueba más de su grandeza.

(Fuente: https://loquesomos.org/elias-canetti-la-conciencia-de-las-palabras/)